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KUPI 
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Mi Papá
Eduardo Kuperstein Ackerman

Mi papá, nació el 16 de junio de 1968 en Lima, Perú. Es el cuarto hermano de 3 hermanas (Dina, Sonia y Sally) y mi papá es el más pequeño. Vivió en la urbanización San Isidro, en la calle Paul Harris, en una casa de 2 pisos. Tiene recuerdos agradables de su infancia en Lima, donde casi todos los judíos se conocían.

 Empezó sus estudios a la edad de 4 años, en el colegio León Pinelo, que era un colegio judío de niñas y varones. Recibía educación laica y judía. Los maestros, algunos peruanos y otros morim que venían de Israel. Pasó su infancia entre el hogar y la escuela, rodeado de familiares y amigos. Siempre fue un niño muy mimado por ser el más pequeño de los 4 hijos y el único varón. 

Su papá trabajaba en una fábrica de pijamas “Adán y Eva Sleep” y su mamá se ocupaba de la casa. A mi papá le gustaba montar bicicleta, ir al parque a jugar con los demás niños y hacer travesuras. En las vacaciones cortas de invierno, iban al bosque, que es un club de montaña, y en el verano iban al balneario llamado Ancón, donde disfrutaba de la playa. Me cuenta que su papá lo llevaba de paseo todos los domingos a un lugar diferente: a la estación de bomberos, al Club Hebraica, a montar a caballo, y en las tardes siempre había un “lunch” o merienda en la casa. Muchas veces venían los tíos y primos y pasaban juntos la tarde, y comían pan con povidel (mermelada de ciruela) y unos embutidos a los que llamaban salchichas polacas.

 En el año 1975, impulsados por el gobierno extremista Velasco Alvarado y la disminución de la población de la comunidad judía, dejaron Perú rumbo a Venezuela porque no tenían un futuro y buscaron un mejor futuro para toda su familia con valores judíos. 
Cuando tenía 7 años, su familia se fue a vivir a Caracas, Venezuela. Me cuenta que fue un cambio muy duro para él, tener que dejar su colegio, sus amigos, su casa. Cuando llegaron, vivieron en Altamira y luego se mudaron a una casa más amplia y cómoda en Caurimare. Yo solo conozco esa casa por fuera; mi papá nos llevó a enseñarnos dónde vivía con sus padres. La casa tiene 3 pisos y un gran jardín. En el piso de abajo tenían una mesa de ping-pong, donde era habitual hacer torneos familiares y de amigos los fines de semana. En su casa cuenta que había muchas normas de disciplina: tenía que terminar las tareas para poder jugar o ver televisión, debía terminar toda la comida a la hora de la cena.

Al llegar a los 7 años a Venezuela estudió desde primer grado en el colegio Hebraica Moral y Luces Herzl-Bialik, y se graduó en el año 1985. Me cuenta mi papá que participó en el grupo de Defensa Civil del colegio y que realizaban entrenamientos y simulacros muy difíciles en los que tenía que ayudar a los niños más pequeños. En esa época asistía a las escuelitas de tenis, donde se aficionó al tenis, llegando incluso a jugar en varios interclubes representando al Club Hebraica. En el año 1986, empezó sus estudios Administración de Empresas en la Universidad Metropolitana, graduándose en el año 1992. Su primer trabajo fue con su papá en la Eléctrica C.A., ubicada en el centro de Caracas. Durante 5 años, luego decidió independizarse y abrir su propia empresa de Importación de materiales eléctricos llamada Edimport Materiales C.A., empresa que hasta el día de hoy sigue dirigiendo. 


Su familia seguía la tradición judía. A veces iban los viernes a la sinagoga, siempre celebraban las fiestas de Rosh Hashaná, Yom Kipur, Pesaj y Janucá. Mi papá me cuenta que empezó a ayunar en Kipur a la edad de 10 años y poco a poco logró hacer el ayuno completo al cumplir los 13 años. Hizo Bar Mitzvá en la sinagoga Unión Israelita de Caracas, de San Bernardino, con el more Behar y la asistencia del Rabino Brener. Se puso por primera vez los tefilin, leyó la Torá, estaba muy nervioso. Vino toda la familia del Perú para acompañarlo, y todavía recuerda que el Rabino Brener le dio la mano y le dijo: “Ya eres todo un hombre”. 

En el año 2006, conoció a mi mamá, Jannette Szemere. Me cuenta que se vieron por casualidad en Hebraica; una tarde mi papá iba bajando del gimnasio y mi mamá iba llegando al gimnasio. No se conocían; ellos dicen que fue amor a primera vista porque los dos se voltearon a verse. Un amigo en común, Morris Serrero, les había dicho para presentarlos. Se vieron un día antes, sin saber que él era la persona a la que le iba a presentar a mi mamá. Estuvieron saliendo un año, y el 30 de junio de 2007, se casaron. El 27 de junio de 2008, nació su primera hija, Andrea Kuperstein, y el 02 de septiembre de 2011, nació su segunda hija, Daniela Kuperstein. 

Le apasiona el deporte, especialmente el tenis, en el que forma parte del equipo Master (categoría 6TA) del Club Hebraica, Club Puerto Azul y del Club Hípico También disfruta ir a la playa, viajar, compartir en familia y preparar las mejores parrillas del mundo. 
Es un hombre de grandes valores, que nos enseña día a día la importancia de la familia y la comunidad. Siempre está pendiente de brindar apoyo y cariño, y le encanta mantener vivas nuestras tradiciones familiares y judías, como los juegos después del Shabat, nuestros almuerzos dominicales y esos momentos especiales en los que compartimos, reímos y vemos películas juntos. Para él, la familia es lo más importante.

Mi papá admira a su padre, Elias Kuperstein Z’L, quien estuvo activo en la comunidad como voluntario durante más de 20 años, como tesorero en diferentes instituciones como la B’nai B’rith y la CAIV. También ha sido Askan (miembro) del Keren Hayesod. Fue un gran nadador del equipo de Hebraica “Los Pechos Rojos”, donde recibió grandes trofeos y medallas. 

Siguiendo su ejemplo, mi papá ha dedicado más de 13 años a la labor comunitaria en la Unión Israelita de Caracas: fue director administrativo, vicepresidente, presidente y actualmente asesora del comité ejecutivo. Su compromiso y esfuerzo constante reflejan su profunda vocación de servicio y amor por nuestra comunidad. 

Admiro profundamente todo lo que ha hecho por nuestra comunidad judía en Venezuela. Su trabajo desinteresado, su tiempo y dedicación sin buscar reconocimiento reflejan una admirable calidad humana y un compromiso auténtico con nuestros valores. Su liderazgo como presidente y su entrega constante para fortalecer y apoyar a nuestra comunidad son ejemplos de verdadera vocación y altruismo. 

Papi, no solo has sido un líder excepcional para la comunidad, sino también un padre extraordinario para nosotras. Nos has enseñado valores fundamentales como la disciplina, la responsabilidad y la importancia de trabajar duro para alcanzar nuestros sueños. Nos dejas un legado invaluable, una huella que nos inspira a seguir tu ejemplo y a continuar con tu misión de servicio y compromiso con nuestra comunidad.
 

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